UN UNIVERSO PEQUEÑO
Antonio M. Xoubanova
Texto de la edición especial, nov. 2015.
Ca l´Isidret Edicions

IN ICTU OCULI (ET IN ICTU OCULI)

 

Así, el tiempo entre golpe y golpe de párpado cuando se finge mirar con asombro o si se tiene alergia. Entre parpadeo y parpadeo habrá más o menos un segundo, un santiamén. La singularidad del acontecimiento radica en que en el instante en que la membrana está cerrada, ésta es casi imperceptible para el ojo al que pertenece y pasa con frecuencia desapercibida para el ojo que está enfrente: las lindes, pues, quedan difusas; entre parpadeo y parpadeo un santiamén, más o menos un segundo.

 

En el comienzo de nuestro universo (de nuestro universo, no del suyo de usted) Dios, en un abrir y cerrar de ojos, pegó tal petardazo que cuando llegó el siguiente parpadeo el universo ya había alcanzado años luz de tamaño (eso suponiendo que el ojo de Dios mirara como fingiendo asombro o como si tuviera alergia); esto podría parecer contradictorio con la teoría de la relatividad general (nada tan veloz como la luz) pero ésta afecta al movimiento en el espacio, no al espacio mismo, que puede expandirse a un ritmo superior; y, debido al crecimiento, el universo se enfrió y todo se fue preparando para que se formaran los átomos (este sonido inmediatamente posterior del petardazo aún lo notamos hoy como radiación electromagnética, como eco cósmico) y los átomos se combinaron en moléculas, y después vinieron nebulosas, galaxias, planetas, mares, tapetes microbianos, los animales, las plantas, los inventos (ejemplo: a alguien se le ocurrió la feliz idea de construir ojos cuya duración de parpadeo pudiera ser controlada a la milésima de segundo), y la filosofía y la ciencia (ejemplo: a otro se le ocurrió teorizar sobre que nuestro espacio-tiempo no es más que el intervalo del pestañeo del ojo de Dios mirando como fingiendo asombro o con alergia, cuyo movimiento tiene una energía aún no definida a la espera de la llegada de una teoría cuántica de la gravedad).

 

Los antes mencionados no son los únicos parpadeos del ojo de Dios, éstos son sólo los rotundos, que son dos y que se denominan Alfa y Omega. Luego están los secundarios, anotaciones rítmicas parecidas a la acción de un ojo cuando pretende repartir por todo el globo el colirio. Obviamente los secundarios se sitúan entre los rotundos, son numerosos y en ellos lo determinante es el tiempo de obturación, por decirlo de alguna manera. Y lo es porque, como se dijo antes, tras el parpadeo Alfa, en nuestro universo en expansión, dependiendo de la duración del instante en que el ojo está cerrado como tal, el tamaño del párpado habrá crecido, se habrá expandido acorde con el espacio del universo que ocupa. Esto es comprobable con un sencillo experimento: cómprese un globo, pídale a otra persona que lo infle despacio, sitúese delante de ella y cierre los ojos un instante; obviamente, al abrirlos de nuevo el tamaño del globo habrá cambiado y su volumen será directamente proporcional al tiempo en que el párpado estuvo cerrado. El ojo de Dios se nos presenta en los parpadeos secundarios como un músico, un escultor, un ingeniero y algún otro oficio, y todo es debido a la elegancia de su ritmo y a las rimas y estructuras a las que responde.

Con la llegada del parpadeo Omega se cierra un ciclo y sin que sepamos cómo (a la espera de la llegada de una teoría cuántica de la gravedad) éste se transforma en el parpadeo Alfa y vuelta a empezar.

 

Los antes mencionados no son los únicos parpadeos del ojo de Dios, éstos son sólo los rotundos, que son dos y que se denominan Alfa y Omega. Luego están los secundarios, anotaciones rimadas parecidas a la acción de un ojo cuando pretende colocar en su sitio la lentilla. Obviamente los secundarios se sitúan entre los rotundos, son numerosos y en ellos lo determinante es la vibración emitida, pues en la cresta de su onda podemos observar la coincidencia con el eco de la radiación de fondo de microondas que dejó tras de sí el parpadeo Alfa; esta última radiación es anisotrópica, es decir, sus cualidades varían según la dirección en la que son examinadas conservando, eso sí, su esencia. Esto es comparable a una sencilla acción: cómprese varios globos, pida a la misma persona de antes que cierre los ojos y que los infle despacio uno a uno; cuando los globos hayan adquirido un tamaño considerable pínchelos con un alfiler que habrá adquirido para tal efecto y compare los gestos de la persona en cada uno de los sustos: si bien a grandes rasgos se repiten, observe y anote las variaciones en los músculos de la cara, en la posición de los brazos, en la disposición de los pliegues de su ropa fruto del cambio de postura. El ojo de Dios se nos presenta en los parpadeos secundarios como un músico, un poeta, un ingeniero y algún otro oficio, y todo es debido a la elegancia de sus rimas y al ritmo y estructuras a las que responde.

Con la llegada del parpadeo Omega se cierra otro ciclo y sin saber cómo (a la espera de la llegada de una teoría cuántica de la gravedad) éste se transforma en el parpadeo Alfa y vuelta a empezar.

 

La singularidad del acontecimiento radica en que en el instante en que la membrana está abierta, ésta es casi imperceptible para el ojo que se sitúa tras ella y pasa con frecuencia desapercibida para el ojo que está enfrente: las lindes, pues, quedan difusas, pero las máquinas pueden controlar y anotar la velocidad a la milésima de segundo para, en ecografías, tomar el pulso del eco inicial, traducirlo a la dilatación espacial e intentar con ello contar algo.

 

FINIS GLORIAE MUNDI (ET GLORIA IN INITIO)