La forma del Estado Límite Último.
Miriam Fernández Lara, 2020.
Texto del libro.

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I

Cuando se colocan fotografías de difuntos en las lápidas de los cementerios, los cuerpos muertos parecen revivir, erguirse y asomarse para recibir gustosos las ofrendas florales; lo parecen, pero no lo hacen, están muertos. Son los vivos los que utilizan las imágenes para recordar el aspecto físico del ser que existió y los que colorean con flores para sí una muerte siempre negra en exceso.

 

La muerte sucede cuando una parte del cuerpo falla de tal manera que hace que el conjunto colapse. Por sus características, el cuerpo humano puede afrontar ciertos daños y seguir viviendo; pero, ay, cuidado con sobrepasar el umbral de lo soportable... el estado límite último de la vida. Luego está el tema de la postura en el momento en el que los seres ceden a una fuerza de la gravedad contra la que siempre lucharon. No hay muerte más impresionante que la que sobreviene fulminante a un cuerpo que está de pie. Al ver una situación así los humanos comprendemos, de golpe y porrazo, no solo la ley de gravitación universal sino también la relatividad general. La Tierra tiene esa manía de tragarnos aceleradamente.

 

El peligro de ceder a la gravedad se cierne sobre el humano por causas internas y externas al cuerpo. De entre estas últimas destacan las producidas por lo abrupto del terreno sobre el que se mueve, el riesgo causado por la necesidad de ocupar rincones incómodos para nuestros límites corporales porque nuestros antepasados se empeñaron en dejar atrás su pequeña y apacible parcela en la sabana africana. Por eso el humano se ha procurado extensiones de su propio cuerpo que le eviten, pongamos como ejemplo, el despeñarse o el ahogarse en su tránsito por el planeta en busca de recursos.

 

II

Los puentes son prolongaciones del cuerpo que nos proporcionan grandes pies que abarcan valles enteros (de la misma manera que las presas son manos en cuenco que recogen el agua de los manantiales), luchan contra la gravedad por nosotros y protegen nuestra integridad corporal. Pero si la prolongación fracasa, pueden fracasar los cuerpos.

 

Es muy difícil averiguar el estado límite de los cuerpos humanos, pero, por el contrario, hacerlo de estas extensiones se ha convertido en norma para que, evitando su colapso, se evite también el colapso de los cuerpos y el de la propia sociedad. Con el método de los estados límite los técnicos se dedican a imaginar situaciones complejas en las que la estructura que están haciendo pudiera venirse abajo o, al menos, fracasar; imaginan qué peso, qué viento, qué roce, qué nevada, qué seísmo... podría frustrar su obra; parecen querer destruir con la imaginación lo que están creando antes de empezar a levantarlo, pero no hay nada sádico en su acción, se trata de anticiparse a la catástrofe, de prever esos acontecimientos para que su obra tenga éxito. Obviamente, hay una situación frontera en la cual, si no es superada, aunque estemos al borde del abismo, no hay peligro; pero, ay, cuidado con sobrepasar el umbral de lo soportable... es el estado límite último. Este es justamente el que los técnicos calculan, este es justamente el que nos interesa. Para hacer más comprensible el asunto, las magnitudes consiguientes se representan en un eje de coordenadas y los resultados son, como no podía ser de otra manera (hablando de Matemáticas aplicadas a la Física como lo estamos haciendo), bellas líneas sinuosas o afiladas, gráficos que ponen de manifiesto lo que subyace a lo visible, esa especie de esqueleto incorpóreo que son las leyes de la Naturaleza. Sería algo así como hacer presente a los ojos unas fuerzas que, colocadas sobre la representación de la estructura, toman la apariencia de muletas que los yerguen. Los neoplasticistas holandeses de los años 20, a su manera, también nos mostraron ese esqueleto.

 

III

Nada simboliza mejor un paso adelante en el progreso humano que los puentes, alegoría del anhelo de alcanzar otra orilla. Ya en la Modernidad, el desarrollo de estos coincidió con el de otra disciplina artística que también basó su esencia en la técnica: la Fotografía. Era de esperar que Ingeniería y Fotografía unieran sus destinos, y así fue. Ferias internacionales y exposiciones universales se llenaron de imágenes de obras mediante las cuales las naciones exhibían al mundo sus logros. También esas fotografías sirvieron a los propios técnicos en su trabajo diario y las instituciones crearon archivos de gran valor que aún hoy nos siguen impresionando por su doble valía artística (fotográfica e ingenieril). Desde entonces el catálogo colectivo de imágenes de puentes se ha incrementado exponencialmente y hoy, en la era de la sobreabundancia de las imágenes, disponemos de gran cantidad de fotografías en libros, colecciones y, sobre todo, en Internet. Esto nos permite conocer obras que se vinieron abajo, que sucumbieron, que murieron.

 

Pareciera fácil, entonces, localizar la imagen de cualquier puente tomada antes de que se derrumbara, y lo es en el caso de los más conocidos (debido a la fama de la obra en sí o a la catástrofe que la hizo sucumbir), pero con los menos mediáticos la tarea no es tan sencilla. Muchos puentes que fracasaron permanecen encerrados en los ataúdes del olvido o, en el mejor de los casos, las imágenes más difundidas nos los muestran ya cadáveres, habiendo cedido a la gravedad y con sus desechos yaciendo en el paisaje, córpore insepulto. Una vez retirados los escombros, verdadero funeral civil, los puentes empiezan a desvanecerse de la memoria. Con una ardua búsqueda podemos rescatar algunos de ellos, pero otros ya están en el limbo.

 

Sin importarnos la fama o el tamaño, hemos de rendir pleitesía a los puentes cuando pasemos a su lado porque nos han permitido llegar hasta aquí. El camino ha sido largo, pues comenzó el día en el que a un antepasado nuestro se le ocurrió, pongamos como ejemplo, colocar un tronco sobre un arroyo y cruzarlo. Y para los que ya no están, nuestra reverencia ha de consistir en levantarles cenotafios. Recordar los puentes colapsados es hacerlos revivir, erguirlos y apuntalarlos en el recuerdo, igual que una vez estuvieron sostenidos por las fuerzas invisibles que los mantenían en pie, que nos mantienen en pie. Pero, no nos engañemos, están muertos. La acción es solo útil para los vivos, que pueden usar la presencia de las imágenes para recordar el aspecto físico de lo que existió y colorear con ofrendas una muerte siempre negra en exceso.